Dirección: Johan Grimonprez
Guion: Johan Grimonprez
Reparto: Documental: Patrice Lumumba, Dag Hammarskjöld, Louis Armstrong, Abbey Lincoln, Max Roach, Miles Davis, Nina Simone, Dizzy Gillespie, Duke Ellington, Malcolm X, Nikita Khrushchev Voces: In Koli Jean Bofane, Marie Daulne (Zap Mama), Patrick Cruise O’Brien
Fotografía: Jonathan Wannyn
Montaje: Rik Chaubet
Distribuidora: Filmin
Año:2024
Título Original: Soundtrack to a Coup d’État
Estreno En España: 28/02/25 en plataformas Filmin
Género: Documental, Músical
Duración: 150 Minutos
ARGUMENTO
Un apasionante, intenso y consistente ensayo cinematográfico que regresa a un momento clave en la historia del siglo XX: el golpe de estado en el Congo de 1960 que acabó con el asesinato del ex primer ministro y líder anticolonialista Patrice Lumumba.
La película, dirigida por el belga Johan Grimonprez, avanza inspirada a ritmo de jazz y recuerda cómo el Departamento de Estado de EE. UU. reclutó a artistas como Louis Armstrong o Duke Ellington como “embajadores del jazz” enviados a países africanos en agitación social — una instrumentalización cultural que contrasta con la protesta de músicos como Abbey Lincoln y Max Roach, que irrumpieron en el Consejo de Seguridad de la ONU para denunciar el asesinato de Lumumba.
CRÍTICA
Banda sonora para un golpe de estado no es un documental cómodo ni complaciente; es, ante todo, un ensayo cinematográfico furioso, lúcido y profundamente político, que utiliza el jazz no como simple acompañamiento musical sino como estructura moral y narrativa. Johan Grimonprez compone una obra que se escucha tanto como se mira, y que exige del espectador una atención activa, casi militante.
El punto de partida es tan fascinante como perturbador: cómo Estados Unidos utilizó a grandes figuras del jazz como Louis Armstrong, Duke Ellington o Dizzy Gillespie como herramientas de propaganda cultural en plena África colonial, mientras en la sombra se ejecutaban golpes de Estado, asesinatos políticos y maniobras de desestabilización al servicio de los intereses occidentales. El contraste es demoledor: la música que simbolizaba libertad, improvisación y resistencia racial convertida en banda sonora del cinismo geopolítico.
Banda sonora para un golpe de estado es, un apasionante, intenso y consistente ensayo cinematográfico que regresa a un momento clave en la historia del siglo XX: el golpe de estado en el Congo de 1960 que acabó con el asesinato del ex primer ministro y líder anticolonialista Patrice Lumumba. La película, que opto en el 25 al Óscar al Mejor Documental, y que dirige el belga Johan Grimonprez, avanza inspirada a ritmo de jazz y recuerda como el Departamento de Estado de Estados Unidos reclutó a diversos artistas como Louis Armstrong o Duke Ellington para nombrarlos "embajadores del jazz" y mandarlos a los países africanos, en aquel momento en efervescente agitación social y anticolonial, como armas de propaganda política. A su vez, y como afirma Grimonprez, "el jazz era un arma en la lucha por la igualdad de derechos. Desempeñó un papel vital en el Movimiento por los Derechos Civiles y en la lucha por la igualdad, y sigue siendo importante hoy en día".
Grimonprez articula su discurso como un collage febril de imágenes de archivo, discursos, actuaciones musicales y documentos históricos, construyendo un relato que no explica, sino que golpea. Aquí no hay una voz didáctica que lleve de la mano al espectador; hay, en cambio, una voluntad clara de incomodar, de señalar las contradicciones de un sistema que predicaba democracia mientras sostenía el colonialismo con guante blanco. El asesinato de Patrice Lumumba planea sobre todo el metraje como una herida abierta, como el símbolo definitivo de una traición histórica que aún no ha cicatrizado.
Formalmente, el documental es excesivo, incluso abrumador, pero esa saturación es parte de su sentido. El montaje, deliberadamente caótico, dialoga con la propia naturaleza del jazz: ruptura, disonancia, improvisación. No todo fluye con la misma claridad, y en algunos tramos la acumulación de información puede resultar extenuante, pero Grimonprez parece asumir ese riesgo como una postura ética: la historia del colonialismo no puede contarse de manera ordenada y limpia.
Especialmente potente es la contraposición entre los músicos que participaron —consciente o inconscientemente— en esa diplomacia cultural y figuras como Abbey Lincoln o Max Roach, cuya irrupción en la ONU denunciando el crimen de Lumumba actúa como acto de resistencia y conciencia dentro del propio relato. El jazz, aquí, deja de ser decorado para convertirse en campo de batalla ideológico.
Banda sonora para un golpe de estado es un alegato feroz contra el colonialismo, las ocupaciones y la explotación de África por parte de las grandes potencias, pero también una reflexión amarga sobre cómo el arte puede ser instrumentalizado por el poder. No es un documental para todos los públicos ni para espectadores pasivos, pero sí una obra necesaria, incómoda y profundamente estimulante, que confirma a Johan Grimonprez como un cineasta que entiende el cine como un arma crítica.
Un filme que no busca el aplauso, sino la conciencia. Y que, como el mejor jazz, sigue resonando mucho después de que se apaguen las luces
NOTA 8/10
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.