Dirección: Joan Gamero
Guion: Joan Gamero, Carmen Rodríguez
Reparto: Documental
Montaje: Georgia Wyss
Música: Marc Sastre
Fotografía: Sandra Formatger, Laura Caccia
Distribuidora: La Perifèrica
Año: 2025
Título Original:El petit peó
Estreno En España: Limitada, en breve en plataformas
Género: Documental, Biopic
Duración; 81 Minutos.
ARGUMENTO
Arturito Pomar fue un niño prodigio del ajedrez en la España de los años cuarenta, convertido en celebridad en plena posguerra. El régimen franquista explotó su imagen pública para obtener prestigio cultural, sometiéndolo a exhibiciones y giras. Lejos del mito de que desapareció al hacerse mayor, el documental recorre su etapa adulta: viajes, torneos, familia y trabajo, hasta su momento clave en el Interzonal de Estocolmo (1962), donde la presión y el desgaste acabaron pasando factura a su salud.
CRÍTICA
Hay documentales que recuperan figuras históricas. Y hay otros que, además, desmontan el relato que las rodeó. El petit peó pertenece a esa segunda categoría. Joan Gamero no solo revisita la vida de Arturito Pomar, el niño prodigio del ajedrez que asombró a la España de los años cuarenta, sino que coloca el tablero en su contexto político y nos invita a observar quién movía realmente las piezas.
La película parte de una premisa clara —ya apuntada en su sinopsis—: Pomar fue convertido en símbolo nacional en plena posguerra. El régimen franquista necesitaba referentes luminosos con los que maquillar la grisura del país, y aquel niño superdotado para el ajedrez resultó perfecto para blanquear la imagen cultural de una dictadura aislada internacionalmente. Lo que el documental expone, con serenidad pero sin complacencia, es cómo esa narrativa oficial convirtió al menor en instrumento propagandístico, sometiéndolo a exhibiciones, giras y encuentros cuidadosamente escenificados.
Pero lo más fascinante del trabajo de Gamero no es solo la denuncia política. Es la humanización del mito. A través de los testimonios de personas que conocieron a Arturo Pomar —familiares, amigos, compañeros y estudiosos del ajedrez— el documental construye un retrato íntimo que contrasta con la imagen pública diseñada por el régimen. Los comentarios, en ocasiones emocionados, aportan una cercanía que equilibra la dimensión histórica del relato.
Narrativamente, la película avanza como una partida larga: movimientos calculados, silencios estratégicos, pequeñas revelaciones que van configurando el tablero completo. El Interzonal de Estocolmo de 1962 aparece como uno de esos momentos clave que simbolizan el desgaste acumulado tras años de presión. El niño prodigio había crecido, pero la sombra de la propaganda seguía proyectándose sobre él.
Formalmente, estamos ante un documental sobrio, apoyado en material de archivo cuidadosamente restaurado. Y aquí surge una anécdota curiosa del proceso: parte de las imágenes utilizadas proceden de filmaciones que permanecían en archivos privados y que el equipo localizó tras una investigación prolongada en hemerotecas y fondos audiovisuales. Algunas secuencias de las simultáneas de Pomar siendo apenas un crío no se habían exhibido públicamente en décadas, lo que aporta al filme un valor casi arqueológico.
El petit peó es, en esencia, una reflexión sobre el poder de la imagen y la construcción interesada de la memoria colectiva. Una fascinante historia sobre cómo una dictadura intentó reescribir su propio relato utilizando el talento inocente de un niño. Y, al mismo tiempo, un ejercicio de reparación que devuelve a Arturo Pomar su dimensión humana, lejos del símbolo impuesto.
No es un documental estridente ni busca el golpe fácil. Es más bien una partida pausada, reflexiva, donde cada testimonio y cada imagen ocupan su lugar exacto en el tablero. Y cuando cae el telón, uno no puede evitar pensar que, durante demasiado tiempo, la historia oficial jugó con ventaja.
NOTA 6,5/10
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