Dirección: Jafar Panahi
Guion: Jafar Panahi
Reparto: Vahid Mobasseri, Mariam Afshari, Ebrahim Azizi, Hadis Pakbaten, Majid Panahi, Mohamad Ali Elyasmehr, Delnaz Najafi, Afssaneh Najmabadi, Georges Hashemzadeh
Fotografía: Amin Jaferi
Producción: Jafar Panahi, Philippe Martin, Christel Hénon, Sandrine Dumas
Distribuidora: La Aventura
Año: 2025
Título Original: Un simple accidente
Estreno En España 17/10/25
Género: Drama, Thriller
Duración; 104 Minutos
ARGUMENTO
Un simple accidente es un thriller dramático que parte de un hecho aparentemente banal —un accidente de coche— y se transforma en un intenso viaje moral y emocional. Un grupo de antiguos presos políticos iraníes —víctimas de tortura y violencia estatal— se ve confrontado de manera inesperada con un hombre que creen puede haber sido su torturador en prisión. A medida que lo retienen y discuten qué hacer con él, la situación se convierte en un profundo dilema ético sobre la justicia, el perdón, la venganza y la responsabilidad, reflejando el peso de una sociedad bajo represión y el conflicto interno entre castigo y humanidad.
CRÍTICA
Jafar Panahi vuelve a hacer lo que mejor sabe: mirar al poder a los ojos y no parpadear. Un simple accidente, Palma de Oro en Cannes 2025, es una de esas películas que nacen ya marcadas por su propio contexto. Rodada de manera clandestina, casi como un acto de resistencia más que como una producción cinematográfica al uso, la obra se presenta envuelta en un aura de urgencia moral que atraviesa cada plano.
La historia parte de una premisa tan sencilla como perturbadora: un grupo de antiguos presos políticos cree reconocer, tras un accidente aparentemente banal, al hombre que los torturó en prisión. Lo que sigue no es un thriller al uso, sino un intenso debate ético que se desarrolla casi en tiempo real: ¿qué hacer cuando el verdugo está indefenso?, ¿es posible la justicia sin venganza?, ¿existe el perdón cuando el daño es irreparable?
Panahi pone de nuevo el dedo en la llaga, abordando la duda moral desde una puesta en escena austera, casi asfixiante, donde los diálogos y los silencios pesan más que cualquier artificio visual. Como en gran parte de su filmografía, el director iraní no se limita a una denuncia política directa, sino que amplía el foco: la opresión del Estado, la precariedad de los trabajadores y, muy especialmente, la situación de la mujer en Irán, aparecen de forma orgánica, integradas en la vida cotidiana de los personajes, sin subrayados innecesarios.
Sin embargo, y pese al evidente interés de la propuesta, Un simple accidente no está exenta de problemas. La película se alarga más de lo necesario, estirando situaciones y debates que, aun siendo relevantes, terminan por perder parte de su fuerza inicial. El metraje juega en su contra y el relato parece dar vueltas sobre sí mismo, como si Panahi confiara en exceso en la potencia simbólica de la idea sin saber muy bien cuándo soltarla
El tramo final, además, resulta difícil de creer, no tanto por lo que plantea sino por cómo lo hace. La resolución se siente forzada, menos afilada que el resto del filme, y deja una sensación agridulce: la de una obra valiente y necesaria que no termina de cerrar su discurso con la contundencia que prometía.
En el apartado interpretativo, el conjunto es más que notable. El reparto —formado en gran parte por actores no profesionales— aporta una veracidad cruda, casi documental, que refuerza el tono de verdad incómoda que recorre toda la película. Nadie sobreactúa; todos parecen cargar con un pasado que no necesita ser explicado en exceso..
Durante el rodaje Panahi trabajó sin permisos oficiales y con un equipo mínimo, cambiando localizaciones a última hora para evitar controles. Algunos intérpretes participaron bajo seudónimo y otros decidieron no aparecer acreditados inicialmente, conscientes del riesgo personal que asumían. Ese clima de tensión real se filtra en la película y explica, en parte, su nervio y su aspereza.
Un simple accidente no es una obra redonda, pero sí una película importante. Incómoda, imperfecta y valiente, confirma que Panahi sigue siendo una de las voces más necesarias del cine contemporáneo. Puede que su discurso resulte algo estirado y su final discutible, pero el eco de sus preguntas morales persiste mucho después de que la pantalla se apague. Y eso, en tiempos de olvido y anestesia, no es poca cosa.
NOTA 6,5/10
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