Guion: Huo Meng
Reparto: Wang Shang, Zhang Chuwen, Zhang Yanrong, Zhang Caixia, Cao Lingzhi, Yang Kaidong, Wan Zhong, Liu Hongai
Fotografía: Guo Daming
Montaje: Huo Meng
Música: Wan Jianguo
Sonido: Li Tao
Producción: Zhang Fan, Zhu Xi, Zhai Miaomao, Liu Yi, Li Xinran
Distribuidora: Avalón
Año: 2025
Título Original: Sheng xi zhi di
Estreno En España: 14/08/26
Género: Drama, Autor
Duración: 132 Minutos
ARGUMENTO.
En 1991, mientras China atraviesa unos profundos cambios socioeconómicos que llevan a muchos a abandonar sus aldeas rurales en busca de trabajo en las ciudades, Chuang, un niño de 10 años y el tercer hijo de su familia, debe quedarse en el pueblo debido a los planes familiares. En un contexto de modernización, donde la llegada de la tecnología transforma su modo de vida tradicional, los ciclos de nacimientos, muertes, matrimonios y funerales reflejan el peso persistente de la tradición y las dificultades de equilibrar las responsabilidades familiares en un mundo en constante cambio.
CRÍTICA
Un filme de autor, de esos que no buscan complacer al espectador y que exigen un esfuerzo considerable para entrar en su propuesta. Vivir la tierra es una película que se aleja deliberadamente de las estructuras narrativas convencionales para ofrecernos una mirada pausada, contemplativa y extremadamente distante sobre la China rural de comienzos de los años noventa. El problema es que, en mi caso, esa apuesta formal termina convirtiéndose en un obstáculo casi insalvable.
Huo Meng nos traslada hasta 1991, a una pequeña comunidad rural en un momento en el que China comienza a experimentar profundas transformaciones económicas y sociales. Mientras muchos jóvenes abandonan el campo para buscar trabajo en las ciudades, Chuang, un niño de diez años, permanece en su pueblo junto a su familia. A través de su mirada asistimos a nacimientos, bodas, funerales, trabajos agrícolas y pequeñas historias familiares que parecen querer construir el retrato de una sociedad atrapada entre las tradiciones ancestrales y un futuro que comienza a llamar a sus puertas.
Sobre el papel, la propuesta resulta fascinante. Y visualmente lo es. Vivir la tierra contiene imágenes de una enorme belleza, con una fotografía de Guo Daming que convierte los paisajes rurales, los campos y los espacios cotidianos en auténticos cuadros. La cámara observa, espera y deja que las situaciones se desarrollen sin prisas. La película está construida además a lo largo de las cuatro estaciones, siguiendo el paso del tiempo y el ciclo de la vida rural.
Pero precisamente ahí reside para mí su principal problema. Observar no siempre significa contar. Y durante buena parte del metraje uno tiene la sensación de estar contemplando escenas de una realidad ajena sin terminar de comprender qué quiere decirnos realmente el director con ellas.
Hay momentos en los que resulta difícil saber qué estamos viendo más allá de la propia cotidianidad. Situaciones que comienzan y terminan sin que parezcan conducir a ninguna parte, personajes que aparecen y desaparecen y acontecimientos que tienen una enorme importancia dentro de esa comunidad, pero que cinematográficamente no consiguen despertar mi interés. La película parece confiar absolutamente en que el espectador encuentre por sí mismo el significado de cada imagen, de cada silencio y de cada gesto. Y reconozco que en ningún momento conseguí entrar en ella.
No es un problema de falta de calidad. Todo lo contrario. Se percibe detrás de cada plano una enorme voluntad cinematográfica y una mirada muy personal. El director quiere alejarnos del cine convencional y convertirnos en espectadores de una época, de unas costumbres y de una forma de vida que está a punto de desaparecer. Pero esa distancia que puede resultar hipnótica para algunos espectadores, para otros puede convertirse en una auténtica barrera.
Además, sus 132 minutos terminan pesando demasiado. Una película tan contemplativa necesita encontrar constantemente nuevos estímulos para mantener nuestra atención y aquí, al menos para mí, no siempre los encuentra. El reloj se mira en demasiadas ocasiones y algunas secuencias parecen prolongarse mucho más de lo necesario. La sensación de reiteración termina apareciendo y lo que inicialmente podía parecer una apuesta arriesgada acaba convirtiéndose en una experiencia excesivamente larga.
Hay, eso sí, una mirada especialmente interesante hacia la infancia. Chuang permanece como testigo de todo lo que sucede a su alrededor, mientras los adultos intentan sobrevivir a unas circunstancias económicas y sociales que están cambiando rápidamente. El niño contempla un mundo que todavía conserva sus tradiciones mientras empieza a vislumbrarse otro completamente diferente. Y ahí sí encuentro una de las claves más interesantes de la película: el paso del tiempo observado por alguien que todavía no tiene capacidad para comprenderlo.
También resulta curioso el trabajo con los intérpretes. Huo Meng contó en buena medida con actores no profesionales, buscando que incorporasen sus propias experiencias vitales a los personajes. El propio director explica que durante el rodaje muchos de ellos aportaron aspectos de sus propias vidas a la interpretación. Especialmente significativa es la anécdota de Zhang Caixia, quien después de terminar el rodaje le dijo al director: «Gracias, Meng. Quiero vivir mi propia vida a partir de ahora».
Un rodaje que, además, se prolongó a lo largo de las cuatro estaciones, algo fundamental para Huo Meng porque pretendía que el paso del tiempo y los ciclos de la vida formaran parte de la propia estructura de la película.
Vivir la tierra es, por tanto, una película difícil. Muy difícil. Un filme que apuesta por la contemplación, por el silencio, por la observación y por una narrativa mínima en la que aparentemente no sucede demasiado. Una obra que probablemente encuentre espectadores fascinados por su capacidad para reconstruir una China rural a punto de desaparecer.
En mi caso, sin embargo, sus magníficas imágenes no han sido suficientes. Una película bellísima en lo visual, ambiciosa en sus intenciones y tremendamente personal, pero demasiado fría, demasiado distante y, sobre todo, demasiado larga. Una de esas películas que uno admira más de lo que disfruta y ante la que, pese a reconocer sus virtudes, resulta imposible no mirar el reloj en más de una ocasión.
NOTA 5/10
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