jueves, 15 de enero de 2026

LA MISTERIOSA MIRADA DEL FLAMENCO

Director: Diego Céspedes
Guion: Diego Céspedes
Reparto:Tamara Cortés, Matías Catalán Paula Dinamarca, Claudia Cabezas, Luis Dubó, Pedro Muñoz, Alexa Quijano, Sirena Matilde, Bruna Ramires, Francisco Javier
Música: Florencia Di Concilio
Fotografía: Angello Faccini 
Montaje: Martial Salomon
Distribuidora: Bteam Pictures 
Año: 2025
Título Original: La misteriosa mirada del flamenco 
Estreno En España: 16/01/25
Género: Drama  Autor 
Duración: 110 Minutos 

ARGUMENTO 
A principios de los años 80, en el desierto chileno, Lidia, una niña de once años, crece dentro de una familia queer amorosa en un aislado pueblo minero. Cuando una misteriosa enfermedad comienza a propagarse entre los habitantes, surgen rumores de que se transmite a través de la mirada cuando dos hombres se enamoran. Con la comunidad sumida en el miedo y ante los prejuicios que señalan a su familia como culpable, Lidia emprende una búsqueda para descubrir si esa leyenda es real o no

CRÍTICA 
Hay películas que no se acomodan en un género, sino que lo tensan hasta hacerlo crujir. La misteriosa mirada del flamenco pertenece a esa estirpe incómoda y necesaria: un filme que mezcla el drama íntimo con destellos de western crepuscular, no como ejercicio estético gratuito, sino como una forma coherente de subrayar su tono extraño, áspero y profundamente libre. Diego Céspedes firma una obra que avanza a contracorriente, con el polvo del desierto chileno pegado a la piel y la disidencia como bandera

Ambientada a comienzos de los años ochenta, la película nos sitúa en un aislado poblado minero donde Lidia, una niña de once años, crece arropada por una familia queer que vive —o sobrevive— en los márgenes. Cuando una misteriosa enfermedad comienza a propagarse y el miedo se transforma en superstición —se dice que el mal se transmite a través de la mirada entre hombres que se aman—, la comunidad necesita un chivo expiatorio. Y lo encuentra. Céspedes utiliza esta premisa, casi de fábula oscura, para hablar de la ignorancia como arma y del prejuicio como enfermedad real.

El western aparece aquí despojado de épica: hay horizontes abiertos, silencios largos, figuras solitarias recortadas contra el paisaje, pero también una violencia latente que nunca termina de estallar. Esa mezcla de códigos genéricos favorece el carácter inclasificable del filme, que se mueve entre lo real y lo simbólico con una naturalidad pasmosa. No estamos ante un western clásico, sino ante uno queer, político y profundamente humanista.

La película es, ante todo, un canto a la libertad de vivir como uno quiers y a la dignidad de quienes viven al límite del margen social. Céspedes no idealiza a sus personajes, pero los mira con una ternura feroz, negándose a convertirlos en víctimas pasivas. La cámara los acompaña, los escucha, los deja existir. Y en ese gesto reside gran parte de la fuerza del filme. La dirección de actores resulta especialmente notable, con interpretaciones que parecen brotar de la tierra misma, sin artificio ni impostura.

Visualmente, La misteriosa mirada del flamenco construye un universo propio: la fotografía juega con los colores del desierto y los interiores precarios para reforzar esa sensación de aislamiento y amenaza constante. El ritmo es pausado, incluso desafiante para el espectador impaciente, pero coherente con una propuesta que prefiere sugerir antes que subrayar.

El propio Céspedes ha comentado en entrevistas que muchas de las localizaciones no eran decorados, sino antiguos asentamientos mineros abandonados, y que parte del elenco convivió durante semanas en la zona para impregnarse del clima, el silencio y la sensación de exclusión que respira la película. Esa inmersión se nota en pantalla: hay verdad en cada gesto, en cada mirada que sostiene el plano.

La misteriosa mirada del flamenco no es una película cómoda ni complaciente, y ahí radica su valor. Es cine que observa, que incomoda, que se atreve a mezclar géneros y tonos para hablar de lo esencial: el derecho a existir sin miedo. Un filme valiente, extraño y profundamente necesario, que confirma a Diego Céspedes como una voz a seguir muy de cerca dentro del cine contemporáneo latinoamericano.

NOTA 5,5/10

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