Dirección: Nia DaCosta
Guion: Alex Garland
Reparto: Ralph Fiennes, Jack O’Connell, Alfie Williams, Erin Kellyman, Chi Lewis-Parry
MAaron Taylor-Johnson, Emma LairdMaura Bird, Robert Rhodes, Sam Locke, Ghazi Al Ruffai,
Música: Hildur Guðnadóttir
Fotografía: Sean Bobbitt
Montaje: Jake Roberts
Producción: Andrew Macdonald, Peter Rice, Bernard Bellew, Danny Boyle, Alex Garland
Distribuidora: Sony
Año: 2025
Título Original: 28 Years Later: The Bone Temple
Estreno En España: 16/01/25
Género: Thriller, Terror
Duración 109 Minutos
ARGUMENTO
28 años después: El templo de los huesos continúa el mundo creado en la saga tras la devastación causada por el Virus de la Rabia. En esta nueva entrega, el Dr. Kelson hace un descubrimiento que podría alterar el destino de la humanidad, mientras que el encuentro de Spike con Jimmy Crystal se transforma en una pesadilla de la que no puede escapar. En este mundo, los infectados ya no representan la única amenaza: la propia inhumanidad de los supervivientes puede ser más extraña y aterradora que cualquier otra cosa
CRÍTICA
Hay películas que avanzan por acumulación y otras que lo hacen por fractura. 28 años después: El templo de los huesos pertenece sin pudor a este segundo grupo: un filme que se despega casi por completo del espíritu de las dos primeras entregas para dialogar, eso sí, con la película inmediatamente anterior, 28 años después, con la que comparte tono, discurso y una voluntad clara de incomodar más que de homenajear.
Desde su secuencia inicial, Nia DaCosta deja claras sus cartas: imagen sucia, cámaras pequeñas, teléfonos móviles, textura casi documental. No es un simple capricho estético, sino una forma de devolver al espectador a una crudeza primitiva, a un mundo donde la civilización no solo ha colapsado, sino que ha mutado hacia algo todavía más inquietante. Aquí el horror no nace únicamente del virus, sino de la maldad humana organizada, estructurada, casi celebrada.
Décadas después del estallido inicial, los supervivientes ya no solo luchan contra los infectados, sino contra nuevas formas de organización humana que han encontrado en el caos un terreno fértil para el culto, la violencia y la pérdida total de empatía. En ese escenario, un descubrimiento médico y un choque inevitable de ideologías marcarán el destino de los últimos restos de humanidad.
La película introduce pronto uno de sus ejes más perturbadores: un grupo de jóvenes fanatizados, seguidores de una figura casi mesiánica que se reclama heredera de Lucifer. Una pandilla que remite inevitablemente a los drugos de La naranja mecánica, pero trasladados a un escenario postapocalíptico donde la violencia no necesita justificación ideológica: es identidad, es espectáculo, es rito. DaCosta observa a estos personajes sin subrayados, dejando que su brutalidad resulte aún más incómoda por su aparente normalidad.
En paralelo, el guion se detiene en el personaje del doctor Ian, interpretado por un Ralph Fiennes en estado de gracia. Su arco narrativo aporta la dimensión más reflexiva del filme: la del científico que ha sobrevivido no solo al colapso del mundo, sino también a sus propias decisiones. Fiennes compone un personaje contenido, cansado, profundamente humano, que actúa como contrapunto moral frente al nihilismo rampante de la nueva generación. Es en estos momentos más íntimos donde la película respira y encuentra su mayor profundidad emocional.
Ambos mundos —el del fanatismo violento y el de la razón herida— acaban confluyendo en un clímax tan excesivo como coherente, acompañado por los acordes de Iron Maiden, en una secuencia que roza lo operístico y que funciona como catarsis salvaje. Puede parecer una elección musical provocadora, pero encaja a la perfección con el tono de una película que no teme rozar el exceso para reforzar su discurso.
En términos interpretativos, el conjunto funciona con solvencia: buenas actuaciones, energía física, y una dirección que sabe cuándo acelerar y cuándo detenerse para observar el desastre moral que ha dejado el paso del tiempo. El templo de los huesos cumple con creces lo que promete: no reinventar la saga, sino empujarla hacia un territorio más oscuro, más incómodo y menos complaciente.
Varias de las escenas más violentas del grupo de jóvenes fueron filmadas con cámaras portátiles y teléfonos reales, operados en ocasiones por los propios actores, buscando reacciones más espontáneas y una sensación de caos no coreografiado. Ralph Fiennes, por su parte, declaró en entrevistas que aceptó el papel del doctor Ian atraído por la posibilidad de interpretar “a un hombre que ya ha sobrevivido a todo, excepto a sí mismo”.
En definitiva, 28 años después: El templo de los huesos es una secuela valiente, irregular para algunos, pero coherente con su tiempo y con su discurso, que mira menos al pasado de la saga y más a un presente inquietantemente reconocible. A la espera de esa tercera y anunciada última entrega, queda la sensación de que el verdadero virus ya no corre por la sangre, sino por las ideas.
NOTA 7,5/10
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