jueves, 23 de abril de 2026

AISHA NO PUEDE VOLAR


Dirección: Morad Mostafa
Guion: Morad Mostafa, Sawsan Yusuf
Reparto: Buliana Simona, Ziad Abaza, Emad Ghoniem, Mamdouh Saleh, Maha Mohammed Al-Adwani.
Música: Amine Bouhafa
Fotografía: Mostafa El Kashef
Montaje: Mohamed Mamdouh
Distribuidora; #Conunpack
Año: 2025
Título Original: Eayshat Lam Taeud Qadiratan Ealaa Altayaran
Estreno En España: 24/04/26
Género: Drama,  Autor 
Duración: 131 Minutos 

ARGUMENTO 
En los márgenes invisibles de El Cairo, lejos de los circuitos turísticos y del relato oficial de la ciudad, se despliega una compleja red de comunidades migrantes africanas que luchan por sobrevivir en condiciones precarias. Aisha, una cuidadora somalí que trabaja atendiendo a ancianos en hogares ajenos, se mueve entre estos mundos con una mirada silenciosa pero penetrante. A través de su rutina diaria, Aisha se convierte en testigo de las tensiones latentes entre distintos grupos nacionales, étnicos y religiosos, cuyas diferencias se intensifican bajo la presión de la pobreza, la discriminación y la incertidumbre legal. Mientras intenta mantener un delicado equilibrio entre su trabajo, su propia supervivencia y los lazos con su comunidad, Aisha se ve arrastrada a conflictos que ponen a prueba su identidad, su lealtad y su capacidad de resistencia.

CRÍTICA 
Hay películas que parten de una premisa tan potente que uno desea que todo lo demás acompañe. Aisha no puede volar es, sin duda, una de ellas. El debut en el largometraje de Morad Mostafa se adentra en los márgenes invisibles de El Cairo, en ese submundo donde comunidades migrantes africanas sobreviven como pueden, atrapadas entre la precariedad, la discriminación y una legalidad difusa que siempre juega en su contra. Y ahí encontramos a Aisha, una cuidadora somalí que, como bien apunta la propia sinopsis, se mueve entre distintos mundos siendo testigo directo de tensiones, abusos y conflictos que no dejan de escalar.

La película tiene algo muy valioso: la intención. Mostafa quiere hablar de explotación, de chantajes, de ese ecosistema hostil donde cada decisión puede tener consecuencias devastadoras. Y en ese sentido, el filme golpea. Hay verdad en lo que cuenta, hay crudeza en su mirada y, sobre todo, hay una voluntad clara de incomodar al espectador. El problema llega en el cómo.

Porque si bien el trasfondo resulta poderoso, la forma de narrarlo no siempre acompaña. La historia avanza de manera irregular, a trompicones, con una estructura que por momentos se vuelve confusa y reiterativa. El espectador entra y sale del relato sin terminar de agarrarse a una línea clara, como si el propio caos que vive la protagonista se trasladara —quizá de manera involuntaria— al lenguaje cinematográfico. Hay secuencias que funcionan, que atrapan, pero otras diluyen el impacto en una reiteración de situaciones que acaban restando fuerza al conjunto.

Tampoco ayuda su metraje. Más de dos horas que se sienten excesivas para lo que realmente se quiere contar. Hay material para construir una película más concisa, más directa, más punzante. Aquí, en cambio, la narración se estira innecesariamente, provocando que el interés decaiga en determinados tramos. Y, sin embargo, hay elementos que sostienen la propuesta.

El principal, sin duda, su protagonista. Buliana Simona ofrece una interpretación sólida, contenida, cargada de matices, transmitiendo sin necesidad de grandes artificios el desgaste emocional de un personaje que vive al límite. Es en su mirada donde la película encuentra su mayor verdad. A su lado, el resto del reparto cumple, pero es ella quien vertebra el relato y le da sentido incluso en sus momentos más erráticos.

En cuanto a la dirección, estamos ante un debut que, pese a sus irregularidades, deja ver a un cineasta con cosas que contar. Morad Mostafa firma una puesta en escena sobria, casi documental en algunos pasajes, que refuerza esa sensación de realismo sucio que envuelve toda la historia. No siempre acierta en el ritmo ni en la construcción narrativa, pero hay pulso, hay intención y, sobre todo, hay personalidad.

Cabe destacar que la película se filmó en localizaciones reales de barrios periféricos de El Cairo, contando con la colaboración de comunidades migrantes reales. Esto obligó al equipo a trabajar en condiciones muy ajustadas y, en algunos casos, a adaptar escenas sobre la marcha debido a la propia realidad cambiante del entorno. De hecho, varias situaciones que aparecen en pantalla nacen de testimonios directos recogidos durante el proceso de documentación previo al rodaje, lo que explica ese tono tan cercano al documental que por momentos adopta la película.

En definitiva, Aisha no puede volar es una película con una base muy interesante y necesaria, pero cuya ejecución no termina de estar a la altura de sus ambiciones. Un debut irregular, a ratos potente y a ratos frustrante, que deja claro que hay un cineasta al que seguir la pista… aunque aquí todavía no haya terminado de encontrar del todo su voz.

NOTA 5,5/10

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