viernes, 20 de marzo de 2026

UNA HIJA EN TOKIO

 

Dirección: Guillaume Senez
Guion: Guillaume Senez, Jean Denizot
Reparto: Romain Duris, Judith Chemla, Mei Cirne-Masuki, Tsuyu Shimizu, Shungiku Uchida, Yumi Narita, Patrick Descamps, Shinnosuke Abe, Morio Agata, Toshihiro Yashiba, Eriko Takeda, Masayuki Shida, Hajime Inoue
Música: Olivier Marguerit
Fotografía: Elin Kirschfink
Montaje: Julie Brenta
Vestuario: Julie Lebrun
Sonido: Nicolas Paturle, Virginie Messiaen, Sabrina Calmels, Franco Piscopo
Distribuidora: A Contracorriente 
Año: 2024
Título Original Une part manquante
Estreno En España: 20/03/26
Género: Drama,  Comedia 
Duración: 98 Minutos 

ARGUMENTO 
Cada día, Jérôme recorre Tokio con su taxi mientras intenta encontrar a su hija, Lily. Nueve años después de separarse y sin haber logrado su custodia, empieza a pensar que es hora de rendirse y volver a Francia. Pero cuando está a punto de hacerlo, Lily sube a su taxi.

CRÍTICA 
Hay películas que no necesitan levantar la voz para hacerse escuchar. “Una hija en Tokio”, de Guillaume Senez, pertenece a esa categoría cada vez más escasa: cine íntimo, contenido, que se construye desde el silencio, la mirada y la espera. Y, sin embargo, pocas veces ese silencio resulta tan elocuente.

La historia nos sitúa en el día a día de Jérôme, un taxista francés que recorre las calles de Tokio mientras arrastra una herida abierta: la separación de su hija, a la que lleva años sin ver. Esa rutina casi mecánica —ese deambular constante por una ciudad que nunca se detiene— funciona como metáfora perfecta de su estado emocional. Vive, pero no avanza. Respira, pero no sana. Y entonces, cuando está a punto de rendirse y regresar a Francia, el destino —o el azar— le ofrece una última oportunidad cuando la niña sube a su taxi.

Senez construye el relato con una sensibilidad admirable, evitando caer en el melodrama fácil. La película se mueve en esa fina línea entre la contención emocional y la necesidad de estallar, y ahí es donde encuentra su mayor virtud. La emotividad que transmite no es impostada, sino profundamente orgánica. Se filtra poco a poco, escena a escena, hasta que termina por envolver al espectador

Gran parte de ese logro recae en la interpretación de Romain Duris, que firma aquí uno de los trabajos más sobrios y, a la vez, más conmovedores de su carrera. Su Jérôme es un hombre roto, pero no derrotado del todo; alguien que ha aprendido a sobrevivir en la ausencia. Duris compone el personaje desde los gestos mínimos, desde la mirada esquiva, desde el cansancio acumulado. Es en esos detalles donde la película encuentra su verdad.

Pero si hay algo que eleva el film es su última media hora. Sin necesidad de grandes giros ni artificios, Senez logra una recta final de una intensidad emocional notable, donde todo lo contenido hasta entonces encuentra su cauce. Es un tramo final que emociona sin subrayados, que golpea precisamente por su honestidad y que deja un poso difícil de olvidar.

También resulta especialmente interesante el retrato del choque cultural. Tokio no es aquí un simple escenario exótico, sino un espacio que condiciona y amplifica la historia: una ciudad ordenada, distante, casi impenetrable, que refleja a la perfección la barrera emocional y legal que separa al protagonista de su hija. No es casual que el propio director rodara gran parte de la película en localizaciones reales, integrando al equipo en la dinámica de la ciudad para captar esa sensación de aislamiento en medio de la multitud

El equipo tuvo que adaptarse a las estrictas normativas japonesas para filmar en la vía pública, lo que obligó a rodar muchas escenas con equipos reducidos y casi de manera “invisible”, algo que, lejos de ser una limitación, aporta al film ese aire naturalista que tanto le favorece.

En definitiva, “Una hija en Tokio” es una película pequeña en apariencia, pero enorme en emociones. Un relato sobre la paternidad, la pérdida y los vínculos familiares que se resisten a desaparecer, incluso cuando todo parece perdido. Una de esas obras que crecen en el recuerdo y que confirman que, a veces, el cine más sencillo es también el más necesario.

NOTA 7/10

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