Dirección: Lee Sang-il
Guion: Satoko Okudera
Basada en la novela: Kokuho, de Shûichi Yoshida
Reparto: Ryô Yoshizawa, Ryûsei Yokohama, Ken Watanabe, Mitsuki Takahata, Shinobu Terajima, Nana Mori, Min Tanaka, Ai Mikami, Masatoshi Nagase, Emma Miyazawa, Soya Kurokawa, Keitatsu Koshiyama, Kyûsaku Shimada, Takahiro Miura, Ganjiro Nakamura IV
Fotografía: Sofian El Fani
Montaje: Tsuyoshi Imai
Música: Marihiko Hara
Distribuidora: Filmin
Año: 2025
Título Original: Kokuho
Estreno En España: 07/08/26 en plataformas Filmin
Género: Drama, Autor
Duración: 175 Minutos
ARGUMENTO
Año 1964, Nagasaki. Kikuo Tachibana, un joven marcado por la violencia al ser hijo de un yakuza, es acogido por una familia de maestros del kabuki tras sufrir una violenta tragedia. Desde ese momento, su vida se transforma en un ejercicio de extrema disciplina y sacrificio para convertirse en el mejor actor de Onagata —intérprete de personajes femeninos— de la historia, compitiendo con el heredero legítimo de la familia. En un viaje a lo largo de 50 años, Kokuho explora los traumas bélicos de Japón, la rigidez del sistema de linajes en el arte tradicional y el coste emocional y físico de la obsesión por la perfección..
CRÍTICA
Hay películas que necesitan tiempo para contar su historia y otras que, sencillamente, necesitan tiempo para que el espectador pueda contemplarlas. Kokuho. El maestro del kabuki pertenece a las dos categorías. Sus casi tres horas pueden resultar excesivas en algunos momentos, especialmente cuando el relato insiste en determinadas situaciones, pero sería injusto negar que estamos ante un filme brillante, apasionante y de una enorme belleza visual.
Basada en la aclamada novela de Shuichi Yoshida, la película nos lleva hasta el Japón de 1964 para presentarnos a Kikuo, hijo de un miembro de la yakuza cuya vida cambia radicalmente cuando, tras una tragedia familiar, es acogido por una prestigiosa familia vinculada al kabuki. Allí comenzará un duro aprendizaje junto al heredero legítimo de la familia. Lo que inicialmente parece una relación marcada por la amistad terminará convirtiéndose en una compleja rivalidad, mientras ambos persiguen el mismo sueño: alcanzar la excelencia artística.
Lee Sang-il construye a partir de ahí una saga que atraviesa cinco décadas y que combina melodrama, relato de iniciación y drama familiar. Pero Kokuho no pretende convertirse en una clase magistral sobre el kabuki. Utiliza esta antiquísima tradición teatral como vehículo para hablar de cuestiones mucho más universales: la ambición, los celos, la amistad, la identidad y, sobre todo, el precio que estamos dispuestos a pagar por alcanzar aquello que consideramos la perfección.
Y es precisamente en las escenas sobre el escenario donde la película alcanza sus momentos más extraordinarios. Lee Sang-il no observa el kabuki desde la distancia, sino que intenta introducirnos en él, hacernos sentir el esfuerzo físico de los intérpretes y comprender el sacrificio que existe detrás de cada movimiento, cada gesto y cada mirada. El resultado es espectacular
La fotografía es sencillamente magnífica. Los colores, los maquillajes, los tejidos de los kimonos, los decorados y la iluminación convierten cada representación en una auténtica pintura en movimiento. La cámara consigue además que el teatro no parezca un elemento añadido al relato, sino el corazón mismo de la película. Hay momentos en los que Kokuho deja de ser cine para convertirse en una representación teatral filmada con una belleza extraordinaria.
No es casualidad que los protagonistas se prepararan durante más de un año y medio con maestros de kabuki antes del rodaje. Ryô Yoshizawa y Ryûsei Yokohama asumieron personalmente las escenas de interpretación y ese esfuerzo se percibe en pantalla. Una de las curiosidades del rodaje es precisamente que ambos tuvieron que aprender movimientos, posturas y técnicas específicas de esta disciplina, sometiéndose a un entrenamiento especialmente exigente para que sus actuaciones resultaran creíbles. El esfuerzo físico que requiere el kabuki, algo que la película transmite magníficamente, estuvo también presente detrás de las cámaras.
La película fue además elegida por Japón para competir por el Oscar a la mejor película internacional y terminó obteniendo una nominación al Oscar al mejor maquillaje y peluquería, reconocimiento especialmente lógico en una obra en la que la transformación física de los personajes y la estética del kabuki poseen tanta importancia.
Quizá su principal problema sea precisamente su duración. Tres horas son muchas cuando el argumento entra en determinados momentos en terrenos melodramáticos y algunas etapas de la vida de los protagonistas podrían haberse contado con mayor concisión. El filme pierde ocasionalmente ritmo y obliga al espectador a tener cierta paciencia. Pero cuando Lee Sang-il vuelve al escenario, recupera inmediatamente toda su fuerza.
Porque Kokuho funciona especialmente bien cuando habla del artista y de aquello que debe sacrificar para convertirse en el mejor. La fama tiene un precio, el talento exige disciplina y la perfección puede convertirse en una obsesión capaz de destruir aquello que más queremos. Como una de las ideas centrales de la película, cuanto más intensa es la luz que recibe un artista, mayor puede ser también la sombra que proyecta.
No estamos, por tanto, ante una película sencilla ni ligera, pero sí ante una obra cinematográfica de enorme ambición. Una epopeya íntima sobre dos hombres unidos por la amistad y separados por la rivalidad, atrapados durante décadas en una lucha por alcanzar una perfección que quizá nunca pueda existir.
Lee Sang-il demuestra una extraordinaria capacidad para convertir el kabuki en espectáculo cinematográfico sin perder de vista a sus personajes. Y aunque en determinados momentos Kokuho se alarga más de lo necesario, la fuerza de su puesta en escena, la extraordinaria fotografía y unas interpretaciones entregadas consiguen que el viaje merezca la pena.
Brillante, excesiva en algunos momentos pero apasionante. Una gran película sobre el arte, la ambición y el sacrificio que convierte cada representación de kabuki en un auténtico acontecimiento cinematográfico.
NOTA: 6/10
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