Director: Marianne Elliott
Guion: Rebecca Lenkiewicz (adaptación) — basado en la novela The Salt Path de Raynor Winn
Reparto Gillian Anderson, Jason Isaacs, James Lance, Hermione Norris, Rebecca Ineson Megan Placito, Denis Lill Tucker St. Ivany,Angus Wright, Lloyd Hutchinson,, James Craven, Bern Collaco,Pippa Hinchley, Robbie O’Neill, Dan Ball
Música: Chris Roev
Fotografía: Hélène Louvart
Distribuidora: Adso Films.
Año: 2025
Título Original: The Salt Path
Estreno En España: Reestreno 26/06/1958
Género: Drama, Autor
Duración: 115 Minutos.
ARGUMENTO
Inspirada en hechos reales y basada en la novela bestseller homónima, El sendero de la sal narra la emotiva y esperanzadora historia de una pareja cuya conexión con la naturaleza les ayuda a superar la adversidad y a reencontrarse el uno con el otro. Tras perder su hogar y su medio de vida, deciden emprender impulsivamente un recorrido de más de 1.000 kilómetros a lo largo de la costa suroeste de Inglaterra, un viaje especialmente difícil tras el reciente diagnóstico del marido con una enfermedad neurodegenerativa.
CRÍTICA
Hay películas que avanzan como quien camina mirando el horizonte, confiando en que el paisaje sostenga el relato. El sendero de la sal, debut cinematográfico de Marianne Elliott, se inscribe claramente en esa categoría: un filme de intenciones nobles, sensibilidad evidente y un trasfondo humano poderoso que, sin embargo, no siempre logra mantener el pulso narrativo que exige su propia historia
Basada en hechos reales, la película nos sitúa junto a una pareja que, tras perder su hogar y enfrentarse a una enfermedad neurodegenerativa, decide emprender un largo recorrido a pie por la costa suroeste de Inglaterra. Un viaje físico que es también emocional, un intento desesperado de recomponerse a través del contacto con la naturaleza y del simple acto de seguir caminando cuando todo parece perdido. El punto de partida es sólido, incluso conmovedor, y durante sus primeros compases el filme logra atrapar al espectador con una mezcla de crudeza y lirismo bien equilibrada.
Sin embargo, a medida que avanzan los kilómetros —y los minutos—, El sendero de la sal comienza a mostrar su principal debilidad: una estructura reiterativa que acaba por agotar. La insistencia en subrayar el sufrimiento, la precariedad y la resiliencia de los protagonistas termina por diluir la fuerza del mensaje. A pesar de tratarse de una historia real, hay situaciones que rozan lo inverosímil y que rompen, aunque sea momentáneamente, la credibilidad del conjunto. El filme parece confiar demasiado en la épica de la resistencia, olvidando que la contención también puede ser una forma de emoción.
Donde la película no falla es en el terreno interpretativo. Las actuaciones sostienen el relato incluso cuando el guion empieza a dar vueltas sobre sí mismo. Hay una química evidente entre los protagonistas, una verdad emocional que se impone por encima de cualquier exceso dramático. Sus miradas, los silencios compartidos y la forma en que el desgaste físico se refleja en los cuerpos aportan una autenticidad que resulta fundamental para que el espectador no abandone el camino antes de tiempo.
Visualmente, Elliott apuesta por una puesta en escena sobria, apoyada en paisajes naturales que funcionan casi como un personaje más. La naturaleza no embellece el dolor, pero lo acompaña, lo observa, y en ocasiones parece ofrecer una tregua. Es ahí donde la película encuentra sus momentos más honestos y menos discursivos.
Buena parte de las escenas se filmaron en localizaciones reales del South West Coast Path, enfrentando al equipo y a los actores a condiciones meteorológicas cambiantes y poco amables. Gillian Anderson reconoció en entrevistas que el rodaje fue físicamente exigente, con largas caminatas diarias que, en cierto modo, replicaban la experiencia de los personajes y ayudaron a construir esa sensación de
cansancio real que se percibe en pantalla.
El sendero de la sal es, en definitiva, un filme bienintencionado y emocionalmente honesto, que encuentra en sus interpretaciones su mayor fortaleza, pero que tropieza en una narrativa excesivamente insistente. Una película que invita a la reflexión y al recogimiento, aunque quizá habría ganado fuerza si hubiese sabido detenerse antes de que el viaje comenzara a repetirse sobre sí mismo. Como la vida misma, caminar no siempre consiste en llegar más lejos, sino en saber cuándo es suficiente.
NOTA 5/10
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