Dirección: Ameer Fakher Eldin
Guion: Ameer Fakher Eldin
Reparto:Georges Khabbaz, Hanna Schygulla, Ali Suliman, Sibel Kekilli
Tom Wlaschiha, Nidal Al Achkar, Laura Sophia Landauer
Música: Suad Bushnaq
Fotografía: Ronald Plante
Montaje: Ameer Fakher Eldin
Producción: Dorothe Beinemeier, Jiries Copti, Tony Copti, Steffen Gerdes
Distribuidora: Reverso Films
Año: 2025
Título Original: Yunan
Estreno En España: 30/01/26
Género Drama Autor
Duración: 124 Minutos
ARGUMENTO
Munir viaja a una isla remota con la idea de llevar a cabo una decisión drástica, mientras le persigue una parábola enigmática que le transmitió su madre. En el silencio de ese refugio aislado, conoce a la misteriosa Valeska y a Karl, su hijo: rudo, reservado, pero leal. Aunque apenas se dicen nada, pequeños gestos de bondad empiezan a romper la desconfianza entre ellos. Poco a poco, el peso que arrastra Munir se aligera y, contra todo pronóstico, su deseo de vivir se reaviva
CRÍTICA
Hay películas que no se miran: se escuchan. Yunan pertenece a ese grupo de obras que avanzan a golpe de silencio, de miradas perdidas y de tiempos muertos que dicen más que cualquier diálogo. Desde su primer tramo, la película nos sitúa junto a Munir, un hombre que ha perdido las ganas de vivir y que se mueve por la pantalla como un cuerpo cansado, arrastrando un peso invisible que lo consume por dentro. No hay prisa, ni voluntad de agradar al espectador impaciente: aquí el tempo es otro.
La historia —la de ese viaje a una isla remota para enfrentarse a una decisión definitiva— se va desplegando poco a poco, casi con pudor. En ese aislamiento, Munir se cruza con Valeska y su hijo Karl, dos presencias que, sin grandes discursos ni revelaciones explícitas, van erosionando su coraza emocional. Yunan habla de la vida y de la muerte sin subrayados, confiando en los gestos mínimos y en una atmósfera cargada de simbolismo.
Estamos ante un filme pausado, lleno de metáforas —quizá demasiadas— que buscan interpelar al espectador de manera constante. Hay escenas de una belleza indiscutible, momentos en los que la imagen y el silencio se funden con una sensibilidad admirable. Sin embargo, esa misma apuesta termina jugando en su contra: la duración se siente excesiva y, en más de una ocasión, el espectador acaba mirando el reloj, atrapado entre la fascinación y el agotamiento. La reiteración de símbolos y estados de ánimo termina por lastrar una propuesta que, con algo más de contención, habría ganado en fuerza.
El director demuestra una clara vocación autoral. No es casual que la película naciera de una experiencia personal del propio director, marcada por el desarraigo y la sensación de no pertenecer a ningún lugar.
Como anécdota del rodaje, buena parte de las escenas en la isla se filmaron con un equipo muy reducido y en condiciones climáticas complicadas, lo que obligó a improvisar más de una secuencia y a reforzar ese tono desnudo y casi ascético que impregna todo el metraje.
Yunan es, en definitiva, una película que exige paciencia y una mente abierta. No busca seducir al gran público ni ofrecer respuestas claras, sino plantear preguntas incómodas sobre la culpa, la identidad y el deseo de seguir adelante. Una obra irregular pero honesta, destinada a quienes disfrutan del cine contemplativo y están dispuestos a dejarse llevar por sus silencios, incluso cuando estos amenazan con volverse demasiado largos.
NOTA 5,5/10
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