Dirección: Tallulah Hazekamp Schwab
Guion: Tallulah Hazekamp Schwab
Reparto: Crispin Glover, Sunnyi Melles, Fionnula Flanagan, Bjørn Sundquist, Dearbhla Molloy, Barbara Sarafian, Jan Gunnar Røise, Esmée van Kampen, Sam Louwyck
Fotografía: Frank Griebe
Montaje: Maarten Janssens
Música: Stan Lee Cole
Distribuidora: Sin Distribuidora en España
Año: 2024
Título Original: Mr. K
Estreno En España: 9/10/24 en el Festival de Sitges
Género: Drama, Autor
Duración: 96 Minutos
ARGUMENTO
Mr. K sigue a un mago itinerante que, tras pasar la noche en un hotel remoto, despierta incapaz de encontrar la salida. Atrapado sin explicación, explora los laberínticos pasillos mientras extraños y curiosos habitantes lo rodean. A medida que sus intentos de escape fracasan, el hotel parece absorberlo más profundamente, obligándole a enfrentarse a sus propios miedos, a una serie de situaciones desconcertantes y a un destino inesperado
CRÍTICA
Hay películas que no buscan la complacencia del espectador, sino su desconcierto. Mr. K pertenece a esa estirpe cada vez más escasa: cine que se adentra sin miedo en el terreno de lo surrealista y lo kafkiano, proponiendo una experiencia tan hipnótica como irregular. Su paso por el Festival de Sitges 2024 no dejó indiferente a nadie, y eso, en un certamen acostumbrado a lo extremo, ya es decir bastante.
La película nos sitúa en la piel de Mr. K, un mago itinerante que llega a un hotel para pasar la noche y descubre, al despertar, que salir de allí es prácticamente imposible. A partir de esa premisa sencilla, la directora construye un laberinto narrativo poblado de personajes excéntricos, normas absurdas y espacios que parecen mutar, como si el propio edificio tuviera voluntad propia. El hotel se convierte así en una metáfora opresiva: un no-lugar donde el tiempo se dilata y la lógica se desintegra.
Tallulah Hazekamp Schwab apuesta por un riesgo narrativo evidente, algo que el público de Sitges supo agradecer. No estamos ante una película perfecta —ni mucho menos—: la trama se estira en exceso, algunas situaciones se repiten y el metraje termina por agotar. Es uno de esos casos en los que quince minutos menos habrían jugado claramente a favor del conjunto, dotando al relato de mayor contundencia.
Sin embargo, sería injusto quedarse solo en sus errores. Mr. K desprende un espíritu independiente muy saludable, una voluntad de hacer cine diferente, incómodo y personal. Las situaciones, a menudo delirantes y extrovertidas, funcionan como pequeñas piezas de un rompecabezas que no siempre encaja, pero que mantiene el interés gracias a su atmósfera y, sobre todo, a unas interpretaciones muy sólidas. El reparto sostiene la película cuando el guion flaquea, aportando credibilidad a un universo que roza constantemente lo absurdo.
Gran parte de la película se filmó en localizaciones reales adaptadas mínimamente, reforzando esa sensación de espacio cerrado y opresivo. Además, Crispin Glover —fiel a su fama de actor excéntrico— improvisó pequeños gestos y movimientos que acabaron integrándose en el montaje final, aportando aún más rareza al conjunto.
En definitiva, Mr. K es una película fallida en algunos aspectos, pero valiente en su propuesta. Un filme que se atreve a jugar con el lenguaje cinematográfico, que exige paciencia al espectador y que, pese a su metraje excesivo, deja un poso interesante. Cine imperfecto, sí, pero también necesario, de ese que recuerda que el riesgo sigue teniendo un lugar en festivales como Sitges.
NOTA 5,5/10
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